viernes, 13 de marzo de 2015

Luis Solano: «El marketing en el mundo del libro no funciona»

El editor de Libros de Asteroide cree que los grandes grupos ya no volverán a ver el mercado previo a la crisis

"Las redes sociales quitan mucho tiempo a la lectura"



 

Luis Solano pilota con éxito una de las editoriales independientes con mayor prestigio, hasta el punto de su sello se ha convertido en una referencia ineludible para los amantes de la literatura.
Especialista en recuperar autores poco conocidos, Libros de Asteroide pretende dar un salto cualitativo en su rumbo ofreciendo voz a escritores en español. Solano piensa que la emergencia de nuevos hábitos, especialmente la adicción a los dispositivos electrónicos, son un serio obstáculo para la lectura, y cree que las alegrías que antaño vivió la industria editorial antes de la crisis difícilmente volverán a producirse.
PREGUNTA: ¿Ya ha pasado lo peor para la industria editorial?
RESPUESTA: Desde que empecé a trabajar en el mundo del libro, hace 15 años, la gente lloraba igual que ahora. Es una industria que está siempre al filo de lo económicamente viable. En ella el elemento vocacional es mucho más importante que el crematístico. En la actual crisis confluyen tres factores: la caída de la clase media, que es la más lectora; la piratería, que sigue haciendo daño, aunque creo que llegará un momento en que se le pondrá coto con medidas de prevención y castigo, así como de oferta para que los contenidos estén a disposición del lector a un precio razonable, y un tercer condicionante, que es la falta de tiempo de la gente como consecuencia del cambio en los hábitos de vida. La integración de los teléfonos inteligentes y de las tabletas en nuestras vidas ha hecho que el ocio cambie radicalmente. Por otro lado, a nosotros nos van razonablemente bien las cosas.
P: ¿En qué consisten esos cambios?
R: Antes la gente antes tenía cuatro o cinco canales de televisión, y ahora dispone de 40 y de un aparato, el móvil o la tableta, que se lleva al sofá. También están las redes sociales que han aparecido en los últimos años y que quitan mucho tiempo de lectura.
P: ¿Su editorial tiene una vocación minoritaria?
R: No, el editor nunca puede tener una vocación minoritaria. Su labor es conseguir cuantos más lectores mejor. Dicho esto, también es verdad que nosotros hacemos libros que pueden tener 50.000 lectores en toda España, no para un millón de personas.
P: ¿La ley de propiedad intelectual llega tarde o todavía se está a tiempo de atajar la piratería?
R: Llega tarde, pero más vale tarde que nunca.
P: A los grandes grupos les ha dado por publicar a autores que son reconocibles porque salen en televisión o porque triunfan en Internet. ¿No es ello una forma de suicidio?
R: No sé si ese mercado tan grande que persiguen los grandes grupos volverá algún día. En cuanto a lo segundo, si los grandes grupos carecen de los tentáculos para detectar los nuevos gustos de lectura, es bueno que se percaten a través de Internet.

Almacenaje
P: ¿Como soluciona el almacenaje de libros para vender el catálogo a medio y largo plazo?
R: Tenemos la suerte de que más de un tercio de nuestras ventas anuales son libros del fondo. No llevamos tanto tiempo como para el que almacenaje sea un problema grave. Somos muy cuidadosos en las tiradas, aunque en algún momento tendremos que ir pensando en reducir parte del ‘stock’.
P: ¿Cuántos ejemplares hay que vender de un título para vivir decentemente?
R: En la editorial trabajamos cuatro personas y para no perder dinero hay que vender 1.000 o 1.200 ejemplares de cada título, si se toma como ejemplo un libro de 300 páginas de promedio traducido del inglés. A partir de ahí se empieza a ganar dinero.
P: ¿Cuentan con campañas de marketing?
R: No, no tenemos dinero para campañas de publicidad. Además el marketing en el mundo del libro no funciona, no hay manera de convencer con publicidad de que un libro es bueno. Para que un libro funcione la gente lo tiene que buscar, es lo mágico de este negocio.
P: Estos años han ido apareciendo muchas pequeñas editoriales. ¿Hay mercado para todos?
P: Se va produciendo una selección natural. El mercado literario, que ocupa la parte alta de la venta de libros, es más pequeño y, en consecuencia, muchas veces no es atractivo para los grandes grupos. Pero pese a su tamaño reducido, es un mercado estable y aguanta mejor que otros. Se trata de un segmento en el que ha habido y habrá mucha renovación.
P: ¿Libros del Asteroide se propone dar un paso adelante en su estrategia editorial?
R: El año pasado dimos un paso importantísimo que ha fue publicar autores españoles, mejor dicho, originales escritos en castellano. Hasta ahora habíamos apostado sólo por literatura traducida y cuando publicábamos literatura en español escogíamos recuperaciones, desde Pla a Chaves Nogales, pasando por Gaziel a principios de 2014. Empezado con ‘Monasterio’, de Eduardo Halfon, y ‘Big Time’, de Marcos Ordóñez.
P: Dice Constantino Bértolo que las pequeñas editoriales arriesgan poco con autores noveles.
R: Bértolo es una persona sabia, respeto mucho su opinión. Pero, la verdad, no nos llegan muchas cosas que se nos queden en el cajón por la existencia de un riesgo excesivo. La mayor parte de las veces no veo la calidad y, en otras ocasiones, ocurre que el libro no es para nosotros.


Cuenta de resultados
P: ¿Ha publicado un libro a sabiendas de que la cuenta de resultados se iba a resentir?
R: De vez en cuando uno se concede algún capricho. Lo he hecho en algún caso, cuando las cosas han ido bien o tenía algún rapto de locura. Pero, por lo general, procuro que se puedan obtener los 1.000 lectores que hacen que un libro sea rentable.
P: Ahora que se preparan relevos en Anagrama y Tusquets, ¿puede rascar algo su editorial de las jubilaciones de Herralde y De Moura?
R: Creo que sí. Hay que aprovechar todos los huecos posibles. Será difícil si lo siguen haciendo igual de bien. Grandes autores como Richard Ford o Murakami son inalcanzables para nosotros, pero sí que podemos fichar a nuevos escritores que piden anticipos más bajos.
P: ¿Qué libros les han dado más alegrías?
R: Muchos, entre ellos los de Chaves Nogales, a cuya recuperación hemos contribuido y, entre los últimos, ‘Canciones de amor a quemarropa’, de Nickolas Butler, o ‘De París a Monastir’, de Gaziel.

martes, 8 de enero de 2013

«La socialdemocracia se extinguirá si no se regenera»



Autor de una rica producción ensayística, el catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona Manuel Cruz cumple 60 años y lo hace de la mejor manera a que un pensador puede aspirar, con un libro-homenaje en el que han colaborado otros profesores y su gran maestro, Emilio Lledó, que firma la introducción al volumen. En ‘Vivir para pensar’ (Herder), filósofos como Victoria Camps, Daniel Innerarity, Gianni Vattimo, Javier Muguerza, Enzo Traverso o Beatriz Sarlo repasan la actividad intelectual de este hombre que ha dedicado su vida a un quehacer poco frecuente entre los españoles: el pensar. Manuel Cruz desconfía de la actitud acrítica con que se reciben las nuevas tecnologías, con una conducta “sumisa y genuflexa”. Alerta por añadidura de los nubarrones que se ciernen sobre la socialdemocracia si no acomete una pronta regeneración.
PREGUNTA: ¿Por qué los españoles, salvo pocas excepciones, son tan poco dados a la especulación filosófica?
RESPUESTA: Para no dar una respuesta apresurada y simplista, habría que echar la vista atrás y remontarse, como poco, a la contrarreforma, con su nulo aprecio por todo lo que representaba la racionalidad y el saber. Y si no queremos alejarnos tanto en el tiempo y aludir a lo más reciente, bastaría con recordar que, de la lista de los grandes filósofos de la modernidad (Kant, Hegel, Hobbes...), prácticamente ninguno de ellos podía ser explicado en España durante el franquismo. Los libros de filosofía que estuvieron en vigor durante la dictadura, de 1940 a 1970, eran en su inmensa mayoría fronterizos con la teología. De Descartes hasta el siglo XX todos eran sospechosos. ¿Y que decir de Nietzsche, Marx y Freud, a los que Foucault consideraba clave para entender la filosofía del siglo XX? Impensable resultaba ni siquiera considerar la posibilidad de hablar de ellos. La filosofía española, por decirlo con la expresión de Gregorio Morán, era un erial.
P: ¿Vivimos en una utopía tecnológica? Ya casi es un lugar común decir que todo está en Internet.
R: No todo está en Internet, pero la gente vive como si todo estuviera en la Red. El enorme desarrollo de la tecnología está desdibujando el límite entre lo verosímil y lo inverosímil, entre el pasado y el presente. Mantenemos con respecto a la tecnología la misma actitud sumisa y genuflexa que mostramos ante los poderes económicos de Bruselas. Algunos hechos que se nos anuncian, como la presunta inminente desaparición de los periódicos en papel, los recibimos como si procedieran del destino. Quien se resista a ello parece que no acepta el signo de los tiempos.
P: ¿Está abocada a la extinción la socialdemocracia?
R: Si no lleva a cabo su propia regeneración, está claro que está condenada a la extinción. El ocaso de las utopías en el siglo XX es algo evidente. La utopía soviética fracasó, mientras que la utopía socialdemócrata keynesiana no soportó la gran crisis económica de los años setenta, que abrió el paso, en la siguiente década, a la hegemonía neoliberal de Thatcher y Reagan. Por su parte, la Tercera Vía, impulsada por Tony Blair, rebajó las pretensiones redistributivas de la socialdemocracia clásica con el propósito de parar el golpe de la supremacía del liberalismo. Pero la fantasía de Blair y compañía de gestionar el capitalismo de un modo no demasiado injusto, aunque sin cuestionar que las desigualdades crecieran, también saltó por los aires.

Muro de Berlín

P: ¿El declive viene de lejos?
R: El capitalismo se quedó solo en 1989 cuando se produjo la caída del muro de Berlín, cuyo derrumbe ya venía siendo anunciada a lo largo de los ochenta (baste con recordar la tan publicitada en su momento perestroika de Gorbachov). La izquierda de repente carecía de la capacidad de intimidación que ejercía sobre la derecha gracias a la amenaza soviética.
P: ¿La base social de la socialdemocracia ha sufrido un grave menoscabo?
R: Las condiciones materiales han variado de manera sustancial. La fábrica, como lugar de encuentro de los trabajadores, hacía posible la existencia del movimiento obrero, que desplegaba sus propias formas políticas y sindicales. Todo eso tiende a desaparecer con fenómenos como la deslocalización de la industria o el teletrabajo. Buena prueba de ello la constituye la creciente debilidad de los sindicatos. En las últimas huelgas generales que ha habido en España, han tenido más éxito las manifestaciones al final de la jornada que la paralización en cuanto tal de la actividad económica. Todos tenemos cerca a alguien que nos ha dicho algo parecido a esto: "me hubiera gustado hacer huelga, pero no podía asumir el riesgo".
P: ¿Le sorprende que los políticos invoquen el argumento de que no son responsables de lo que está ocurriendo, que todo viene impuesto por Bruselas?
R: Siendo verdad una parte de lo que se dice, ya que es cierto que las directrices de Bruselas han encogido mucho el campo de juego, es patente que los políticos hacen un uso absolutamente espurio de la idea de responsabilidad. Cuando dicen que hacen algo "por responsabilidad", por lo general es para justificar que están haciendo lo contrario de lo que habían prometido. El litoral español se ha convertido un auténtico desastre urbanístico y ecológico porque un montón de ayuntamientos y comunidades autónomas han ido concediendo licencias de urbanización, que no eran precisamente un mandato de Bruselas.

'Revival marxista'

P: ¿Es entonces un problema de corrupción?
R: No necesariamente. No estoy diciendo que los que permitieron la urbanización de la costa lo hicieran para enriquecerse. Puede haber equipos municipales absolutamente honestos que permitieron todo ese boom inmobiliario porque dicha actividad económica les reportaba ingentes recursos a las arcas públicas.
P: ¿La crisis está vigorizando el pensamiento marxista?
R: En ambientes académicos hay un cierto ‘revival’ del marxismo. Habría que analizar lo que hay de moda, de intento de epatar, como hace Zizec al reivindicar a Lenin. Al margen de ese caso, y de otros análogos (que ni la pena merece comentar), hay algo de profundamente saludable en ese regreso del mejor materialismo contemporáneo, tras la apoteosis de la banalidad postmoderna.
P: ¿Cuál es su percepción del 15-M y organizaciones afines?
R: Un rasgo característico de estos grupos es que se plantean el debate político en unos términos relativamente poco ideologizados, esto es, con poca doctrina. Ahí está el movimiento del pago por dación, que pide que se cancelen las hipotecas a cambio de devolver la vivienda u otros semejantes. Se trata de reivindicaciones que cabría considerar casi como de mínimos, lo cual constituye en sí misma una novedad digna de ser destacada, por lo que tiene de indicio de un emergente nuevo imaginario colectivo.
P: ¿Nietzsche, Marx y Freud son los pensadores más influyentes en nuestras vidas?
R: Nietzsche, Marx y Freud, a los que ya antes aludí, son extremadamente influyentes por cuanto han contribuido a cambiar nuestros esquemas mentales, incluso los de aquellos que jamás los han leído. Ahora cualquiera habla con total ligereza y naturalidad de traumas de la infancia y otras situaciones similares sin haber hojeado una página de Freud, porque la sociedad da por descontado que ese tipo de experiencias en el inconsciente son determinantes. En el caso de Marx, incluso hasta las personas de derechas incorporan a sus discursos ideas como la del antagonismo de clases, sin conocer el pensamiento marxista. Los tres pensadores dibujaron el escenario en que ha transcurrido el siglo XX. Quizá aparezca otra triada en los próximos años que nos obligue a reconsiderarlo todo.
P: ¿Por qué dice que amar en los tiempos actuales se ha puesto difícil?
R: Porque el amor se ha hecho crecientemente disfuncional. Hará un año entré una gran superficie que exhibía en un expositor los diez libros más vendidos. Uno de ellos llevaba por título ‘Contra el amor dependiente’. Lo que el autor llamaba ‘amor dependiente’ era lo que toda la vida se ha llamado amor sin más. Porque este, si no entraña dependencia, ¿qué es? Cuando una persona está enamorada de otra la echa a faltar en cuanto desaparece de su vista, y vive esa desaparición como un gran vacío. Da la impresión de que no es funcional el hecho de que alguien tenga como horizonte que llene por completo su existencia estar con otra persona. Si el amor provoca que no se consuma ni se funcione bien en el trabajo, automáticamente pasa a ser considerado en el mundo de hoy como una anomalía, una enfermedad o incluso una patología peligrosa.

Desprestigio

P: ¿Qué debemos entender por ‘barbarización’ de las élites?
R: En este momento de severísima crisis, estamos viendo que el modo en que hemos seleccionado a nuestras élites constituye un problema. La enorme decepción que desde hace mucho tiempo se viene configurando en la opinión pública respecto a los políticos tiene que ver con lo que es percibido como una notable incompetencia por su parte. Aunque hay que decir, como consolador descargo para ellos, que si observamos cómo se han gestionado otros ámbitos como la economía, la justicia, la cultura o el periodismo vemos que hay un proceso de auténtico deterioro casi en todas partes. Cada vez es más difícil encontrar una profesión que conserve un prestigio inequívoco. Y ese es un problema que no es de hoy.
P: ¿Y a qué se debe?, ¿a la educación?
R: Al sistema educativo se le deben atribuir las responsabilidades que hagan falta. Pero a veces le endosamos muchas más de las que le corresponden. El mayor horror del siglo XX, el Holocausto, tuvo lugar en el corazón de la Europa más culta. A veces perdemos de vista que la educación es parte de un proceso mucho más amplio que es la socialización. Y los individuos son socializados de muchas maneras, no solamente a través de los conocimientos que les transmiten sus profesores, sino por medio de todo lo que están percibiendo en la sociedad. Se necesita una profundísima regeneración en todos los ámbitos. Hace muchísimos años, cuando lo único que había era una educación básicamente católica, la gente ya se daba cuenta de que una cosa era lo que se enseñaba en el colegio y otra las reglas del juego que regían la vida. Algo grave ocurre cuando un niño o adolescente percibe que la premisa de ser honrado, por ejemplo, está disociada de lo que impera en la calle.
P: ¿La misión del filósofo es no solo comprender el mundo, sino también transformarlo, como decía Marx?
R: El filósofo debería aportar materiales útiles para la transformación de la sociedad. Si dejara de interpretar el mundo para convertirse exclusivamente en un activista dejaría obviamente de ser filósofo y estaría ejerciendo como un ciudadano más, particularmente participativo si se quiere. Es algo a lo que por supuesto tiene derecho, pero que no es lo que le define como filósofo.

Posos del café

P: ¿La filosofía ha cedido terreno ante el empuje imparable de la psicología?
R: La filosofía lleva mucho tiempo cediendo terreno ante el avance de diversas disciplinas, de modo que el tronco del saber filosófico cada vez es más delgado. Por descontado que le ha afectado el progreso de otras ciencias. La cuestión está en saber si sabrá resistir el embate.
P: ¿Se atreve a predecir el futuro?
R: En horario de oficina, si se me permite la expresión, suelo negarme en redondo, con el argumento de que los filósofos no están ni para formular augurios ni para leer los posos del café. Ello no impide, claro está, que piense en ello en mis ratos libres. Y la sensación que tengo al respecto es que la filosofía ha resistido mucho tiempo, esto es, ha mostrado una notable fortaleza. Es verdad que la filosofía no pasa por su mejor momento desde un punto de vista académico, pero el discurso del filósofo sigue despertando interés. Basta con ver que casi todos los periódicos de Europa que se precian de su prestigio acogen en sus páginas a filósofos. Debe ser que lo que decimos responde a alguna honda necesidad, ¿no?

martes, 4 de diciembre de 2012

Medardo raile: «Los cuentos de Hemingway me parecen muy truculentos»

Menoscuarto reedita la única novela del maestro español del cuento, 'Laberinto de fortuna'

 “Mi amigo Alfonso Sastre era más católico que nadie”, cuenta el escritor aficando en Glasgow

 Lleva en Gran Bretaña más años que en España, pero no le "da la gana hacer un cuento inglés"
                                               José Luis Miras

Siendo el maestro del cuento español, el autor que ha inspirado a cultivadores del relato corto, Medardo Fraile es un escritor muy poco conocido. Sin embargo, un genio como Augusto Monterroso quedó maravillado por el dominio del idioma de Fraile, “su inagotable capacidad de invención y su profundo conocimiento de los seres humanos”. Medardo Fraile es ahora noticia porque la editorial Menoscuarto rescata su única novela, que pasó injustamente desapercibida: ‘Laberinto de fortuna’. A sus 87 años, habla con enorme lucidez y evoca a sus amigos, los miembros de la Generación del Medio Siglo: Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos y tantos otros. No se muerde la lengua y dice que el ‘Ulises, de Joyce, “es un camelo”. Con todo profesa auténtica devoción por otras obras del irlandés, como ‘Dublineses’ y ‘Retrato del artista adolescente’.
- ¿Cómo le dio por escribir una novela, cuando toda su vida se ha dedicado sobre todo al cuento?
Soy un militante del cuento, pero también de otras cosas. Mi padre, desde que era joven, me decía: “Pero, hombre, ¿por qué no escribes una novela si con ello ganas más dinero?” Hasta llegué a sospechar que la gente creía que yo no sabía escribir una novela, cuando cualquier cuentista que sea exigente puede hacerlo. Estaba en Escocia, dando clases en la Universidad de Strathclyde (Glasgow) y me puse a escribirla. Así daba una satisfacción a mis padres, que era lo único que me interesaba.
- No tuvo mucha suerte.
Me presenté al Nadal. Tenía ciertas esperanzas porque en el jurado estaba Francisco García Pavón, un buen amigo. No pasó absolutamente nada, la novela quedó entre los finalistas, pero en noveno o décimo lugar. El premio se lo dieron a un médico de Sevilla, Juan Ramón Zaragoza, un recomendado de Laín Entralgo. La crítica le dio unos palos tremendos y salieron titulares que decían: ‘‘El Nadal ya no es para escritores”. Luego, García Pavón me confesó en que mi novela no la había leído nadie.
- Sin embargo no tiró la toalla.
Me presenté al Premio Azorín. Mi novela se titulaba ‘Laberinto de fortuna’. Dejaron el premio desierto. No debieron hacerlo nunca. Aunque no acabara de gustar mi obra, me podrían haber dado un millón de pesetas a mí o a otro que tuviera nombre. Al cabo de un mes un poeta que era miembro del jurado sacó un librito de pensamientos que no hacía ninguna falta y que se llamaba ‘Laberinto de fortuna’. Le colgó el título de Juan de Mena. Me agarré un cabreo estúpido y me dije: ahora no se va a titular ‘Laberinto de fortuna’. Le puse ‘Autobiografía’ porque tenía elementos biográficos, de mi infancia, y a la vez personajes inventados. Ahora veo que fue una tontería.
- ¿Qué cuenta en ‘Laberinto de fortuna’?
La historia se desarrolla en los últimos años de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, en el Directorio Civil (1928-1931). Yo nací en 1925, y entonces mi madre enseguida cayó enferma. La recuerdo muy pálida, muy cerúlea, en la cama; le ponían ventosas en la espalda y le aplicaban otros remedios horribles.
- Se relatan sucesos muy sonados en su tiempo.
Aparece el incendio del Teatro Novedades, que ocurrió en 1928. Se quemó un día en que yo estuve a punto de ir, pues una prima me iba a llevar. Mientras estaba ardiendo, para calmar a la gente, una orquesta se puso a tocar un pasodoble. Cosas de esas, grotescas, pasaban entonces. Los muertos se cubrieron con una manta y pusieron encima de los cadáveres un letrero con la palabra ‘Novedades’, como si fuesen una cosa de El Corte Inglés.
- La novela a punto estuvo de ser llevada al cine.
Rafael Azcona hizo un guión que todavía tengo y que está a disposición de quien se anime.
- Su amigo, el también escritor José María Merino, dice que la ficción se está extinguiendo. ¿Lo comparte?
En cierto modo es verdad porque España ha pegado un cambiazo impresionante. Ortega y Gasset se carteó en Ginebra con Octavio Paz y le dijo: “Olvídate de la literatura, la literatura está muerta, aunque no se hayan enterado los franceses. Ponte a pensar”. 
 
Cuatro brochazos
 
- ¿Tuvo que cambiar algo en su mente de cuentista para escribir la novela?
No, a mí lo que me interesa siempre es que las cosas estén bien hechas: no dejar nada colgando, no dejar nada que no me acaba de convencer. Esta novela está bien hecha y escrita, con una exigencia de cuento.
- Dígame tres reglas básicas del cuento
No se puede perder el tiempo. En el cuento es prioritario que la escritura esté al servicio del tema y dar una impresión muy verdadera y clara, con cuatro brochazos. Tiene que ser más o menos corto, cuanto más corto más cuento y mejor.
- Pues Hemingway escribía cuentos largos
A mí no me gustan los cuentos de Hemingway, me parecen muy truculentos. Él mismo me parecía bastante truculento, con eso de los elefantes, África, el rifle, los toros…
- Dicen del cuento que es un género libérrimo, pero muchos no paran de hacer decálogos sobre su naturaleza.
Nadie sabe cómo tiene que ser el cuento. Monterroso trató de dar una fórmula pero acabó reconociendo que no sabía cómo tenía que ser. Monterroso tenía cuentos maravillosos, aparte del camelo del dinosaurio. Los cuentos no se hacen como churros. Cuando una palabra de un cuento no me acaba de convencer, me despierto por la noche y pienso en ella. Un cuento requiere una tensión extraordinaria.
- Su deslumbramiento por el cuento vino de la mano de Katherine Mansfield.
Sí, había una colección que creo que llevaba José María Subirón, en la que se publicaban obras extranjeras que no había en España. Leí ‘En la bahía’ y me di cuenta de que en aquel momento no se hacían cuentos así. Estábamos muy obsesionados por la literatura social porque Franco estaba ahí. En ese cuento de Mansfield late una preocupación tan grande por el ser humano como la que había en la literatura social. Me pareció algo mágico. Años más tarde me enteré de que Katherine Mansfield partía de Chéjov. Cuando estrené una obra de teatro que tuvo mucho éxito y que se llamaba ‘El hermano’ -una obra que me propusieron publicar en ‘Acanto’, el suplemento de ‘Cuadernos de literatura’- se acercó a mí el director de cine David Lean y me dijo en inglés: “tu obra tiene una influencia muy importante de Chéjov”, y yo le dije: “¿De quién?”. Y me puse a leer a Chéjov.
- ¿Los cuentistas jóvenes dan la espalda a los clásicos?
En España los clásicos han estado siempre olvidados. Hay gente que no ha leído ‘El Quijote’. 
 
"Español cien por cien"
 
- ¿Pecan los nuevos cuentistas de no localizar sus historias en España por creerlo provinciano?
Sobre la deslocalización expongo mi caso: yo vivo en Escocia. Llevo ya en Gran Bretaña más años que en España y sin embargo no me da la gana hacer un cuento inglés o escocés. Me considero un español cien por cien. Siempre estoy pensando en España cuando hago un cuento. De siempre a los españoles nos han interesado más los autores extranjeros que los autóctonos, es algo de toda la vida. Una de las bromas que digo últimamente es que los catalanes son los más españoles que hay porque se quieren separar de España.
- ¿Por qué no le interesa Raymond Carver?
Me parecen que todos sus cuentos son técnicamente iguales. Se le ve que es un escritor de taller. En mi época no había talleres. Ni Aldecoa tenía taller, ni Fernández Santos ni nadie. Escribíamos de lo que nos daba la gana. Nadie nos decía esto no hay ponerlo.
- Se cita siempre a Aldecoa y a usted juntos, pero, aparte de la amistad, poco tiene usted que ver con él.
Aldecoa tiene cuentos magníficos y era una persona muy noble. Era un hombre capaz de pelearse por ti.
- ¿Quiénes eran sus mejores amigos del grupo del medio siglo?
Fui muy amigo de Alfonso Sastre. Luego su vida fue un desastre, por culpa de una mujer, Eva Forest, un monstruo que participó en el atentado con bomba en la calle del Correo. Sastre era más católico que nadie. Salvo él, ninguno sabíamos nada de la religión, salvo que nos habían bautizado, que los curas vestían sotana y que las iglesias servían para ir a misa. Colaboramos en la primera obra de teatro que estrenamos los dos; se llamaba ‘Muerte’ y yo hice casi todos los diálogos. Fue un éxito. Fue la primera obra que estrenamos en grupo de teatro Arte Nuevo.
- También trabajó con otro dramaturgo muy diferente de Sastre, como es Alfonso Paso
En efecto, luego colaboré con Alfonso Paso en otra obra. Paso era más divertido, pero menos de fiar como amigo. Sastre era una persona muy sólida. Ahora creo que está muy viejecito y muy controlado por la hija, que se llama Eva también. Hasta hace un par de dos o tres años hemos estado en contacto, mandándonos los libros que sacábamos cada uno. Jesús Fernández Santos también fue un buen amigo, muy diferente a todos pero muy divertido, muy noble. Con Ferlosio, a pesar de sus rarezas, encajaba muy bien. 
 
Gente pícara
 
- Se hartó de la gente del teatro
Sí, me pareció que encarnaban toda una picaresca y mí lo que realmente me gustaba era hacer prosa.
- Dice de usted Ángel Zapata que detrás de su escritura aplaciente hay todo un disidente. ¿Es así?
Yo creo que sí. Me considero un francotirador.
- ¿Sufre viendo cómo van muriendo todos sus compañeros de generación?
Quedan Ana María Matute y Ferlosio. Ferlosio está muy averiado. La gente dice que yo soy el mejor conservado. Tengo 87 años. Nunca creí que iba a llegar a cumplirlos. Estaba tan seguro de que me iba a morir pronto que cuando cumplí 50 años me compré una copa de plata. Bueno, parece que la cosa sigue.
- ¿Se siente poco reconocido como escritor?
Sí, quizás. Pero me compensa la gente que me considera y a la que le gusto. Lo que pasa en España es que llega una generación y parece que está inventando el país. Hay gente que piensa que antes de ellos no había ni una sola persona inteligente
- ¿Hay algún gigante de las letras que se le haya atragantado?
El ‘Ulises’ de Joyce. Es una osadía decir eso, pero me parece que es un camelo. Un tío que va con una patata en el bolsillo porque es irlandés… a mí no me gusta. Sin embargo, me agrada mucho, por ejemplo, ‘Dublineses’; es un libro fantástico. También lo es ‘Retrato del artista adolescente’. Joyce era un escritor como un piano, pero a mí nunca me convenció el ‘Ulises’. El libro además se ha convertido en un espoleo para el turismo en Irlanda.
- Y ¿cómo ve a España desde la distancia, ya que vive parte de su tiempo en Escocia?
Lo que está pasando es terrible, pero el pueblo español, en este sentido, es admirable, porque hay que ver cómo aguanta. Se toma su aperitivo, su café… el que puede, claro está. Lo que aquí nunca falta es la alegría y el afán de vivir. Allí, en Escocia, la gente parece muerta. Aquí la gente se vuelca, tiene cosas que decir y lo hace con gracia. Me gusta hablar con los taxistas. Uno de ellos me dijo un día que estaba lloviendo: “Esto es grasa para el campo”. Eso es creación.
- ¿Se siente indignado o es un descreído de la política?
Estamos defendiendo una cosa absurda, que es el euro, a costa de un montón de desgracias, de gente que lo pasa mal, que no va al colegio, que no tiene sanidad. Creo que la culpa, en cierto modo, es de la época socialista y de Europa, de la señora Merkel. Creo que hay unos países en Europa, como Irlanda, España, Portugal y Grecia, que están haciendo ganar dinero a Europa y no les interesa que estemos mejor.
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lunes, 20 de agosto de 2012

Una biografía desmonta el mito de Goebbels


El libro le define como un perfecto publicista de sí mismo

El historiador Peter Longerich descubre que los actos del ministro nazi de Propaganda estaban movidos por un trastorno narcisista de la personalidad

Joseph Goebbels es tenido por el genio de la propaganda nazi. Sin embargo, los historiadores tendrán que revisar esta leyenda. El libidinoso y cruel ministro de Propaganda del III Reich padecía un trastorno narcisista de la personalidad que le movía a buscar de modo enfermizo el reconocimiento y el aplauso en los demás. Goebbels (1897-1945) encontró en Hitler la persona que compensaba todos sus complejos y carencias. Su devoción por el Führer era tal que hasta su matrimonio con Magda Quandt fue un apaño de Hitler, que concertó las condiciones de la unión y que estuvo enamorado de la mujer de su subordinado. No es extraño que Goebbels decidiera unir su suerte con la de Hitler suicidándose un día después que su idolatrado guía. Ni Heinrich Himmler ni Martin Bormann optaron por quitarse la vida. Goebbels sí. Después de que su mujer asesinara a sus seis hijos con un somnífero, Magda y el dirigente nazi siguieron el camino trazado por Adolf Hitler. Ninguno podía rebelarse contra su redentor.

Peter Longerich, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Londres, desmonta el mito de Goebbels y ajusta cuentas con uno de los mayores antisemitas de la historia. Joseph Goebbels, obsesionado por anotar en su diario hasta el detalle más nimio, aparece en la biografía del historiador como un hombre que vivía obsesionado con obtener el plácet de Hitler. Un hombre que se desvivía por cosechar el elogio de la autoridad suprema, a la que poco menos que divinizó, carecía de la autonomía e intrepidez necesarias para ser resolutivo. De hecho, Goebbels se topo con decisiones muy relevantes de la que ni siquiera fue informado. Hitler sabía de sobra la dependencia patológica de Goebbels y se aprovechó de ella. Ese papel secundario del ministro de Propaganda se mantuvo con la guerra, circunstancia que obligó al dirigente del Tercer Reich a competir por el favor del Führer. Con él departía cada cuatro o cinco semanas, lo que le hizo caer en el error de que era su hombre de confianza. Longerich, cuya biografía publica en España la editorial RBA, está persuadido de que el mayor interesado en explotar esta deformación de la personalidad fue el propio Hitler. No en vano, los desaires del canciller alemán atormentaban a Goebbels y su mujer, a quienes dolía hasta el escarnio de no ser invitados a cenar con la autoridad suprema.

Longerich se ha dejado la vista escrutando los diarios del ministro de Propaganda y traza un relato nada halagador del jerarca nazi. Su catadura moral era abominable. Pese a su poquedad física, era un hombre promiscuo que anotaba con paciencia de escribano sus conquistas sexuales.

Un parado más

En 1923 Joseph Goebbels era un parado más en las ruinosa República de Weimar. El Banco de Colonia le había despedido, lo que hizo abrigar un odio contra los financieros. En este clima de crisis y decepción, el protagonista de esta documentadísima biografía echa de menos una "mano fuerte" que saque a Alemania de su postración. Y halla en Hitler, que acaba de perpetrar un fallido golpe de Estado, la encarnación de todas sus ilusiones. Cuando el 12 de julio de 1924 contempla por primera vez a Hitler no puede reprimir el llanto. "Por este hombre estoy dispuesto a hacer cualquier cosa", dijo arrobado.

Sorprende que un hombre tan poco agraciado como Goebbels -media poco más de metro y medio y padecía una pronunciada cojera- ensalzara con ardor la superioridad de la raza aria.

Para Longerich, Goebbels fue ante todo un soberbio publicista de sí mismo. Eso no le exculpa de las de las atrocidades e ignominias consumadas por el Tercer Reich. No hay indulgencia con un fanático consumado, predicador de la violencia y activo instigador de la persecución a los judíos, tanto en su papel de líder del partido como de ministro de Propaganda.

Aun siendo una figura sobrevalorada, nadie le quita a Goebbels su protagonismo en el manejo de la psicología de masas. Precursor de la manipulación del inconsciente colectivo, supo obtener de los alemanes la respuesta apetecida mediante la difusión de un mensaje sencillo.

Tras leer detenidamente miles de páginas de ese grafómano compulsivo que fue Goebbels, el historiador echa en falta un ideario claro, una visión política de conjunto que sirva para el diseño de una sociedad. En su ánimo parece prevalecer la idea de agradar a toda costa Hitler y perpetuarse en el régimen que edificar una aspiración política ambiciosa.

Del exhaustivo estudio se deduce ante todo la atormentada personalidad de Goebbels. Se refería a sí mismo con la palabra "ekelhaft", esto es, repugnante. Físicamente era un hombre mermado en sus condiciones físicas. Con tan solo cuatro años padeció una osteomielitis que le atrofió la pierna derecha. Su pie deforme le obligaba a usar un calzado ortopédico. Se puede decir que se resarció de su minusvalía con una infinita sed de poder.

La relación entre el matrimonio Goebbels con Hitler era por encima de todas las cosas perversa. Según Longerich, Hitler estaba enamorado de Magda y urdió un casamiento que le permitía figurar de facto como un miembro más de la familia. No en vano, el Führer se arrogó el privilegio de pasar tardes enteras y hasta días con Magda Quandt a solas, sin la presencia impertinente de su esposo. Cómo no, Goebbels da cuenta en sus diarios de estos extraños encuentros y en sus anotaciones subyace, en medio de la más estricta obediencia, un sentimiento de tristeza.

Su pretendido éxito con las mujeres no era más que el ejercicio de su poder de dominación sobre actrices cuyas carreras dependían de un ministro que movía los hilos.

¿Qué hubiera ocurrido de no haberse suicidado? Probablemente el tribunal de Nuremberg hubiera sido inmisericorde con él.